Hace unas semanas, el President de la Generalitat, Sr. Montilla, se dirigía a los parlamentarios autonómicos en los siguientes términos: “no vamos a ninguna parte si perdemos el tiempo en falsos dilemas." Y, uno de esos falsos dilemas era, al parecer, presentar como excluyente la dualidad Cataluña-España. Estuve, por una vez, plenamente de acuerdo con el Sr. Montilla y así lo expresé en mi artículo “Montilla, Cataluña y España”, al tiempo que recordaba al President que, quiénes no han estado, están, ni estarán de acuerdo con ese planteamiento son sus socios de Gobierno de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), un partido dedicado en cuerpo y alma a cultivar y exacerbar las diferencias, poseído como la Iglesia en otro tiempo del don de decidir quién es catalán y quién no en función de unos criterios tribales y xenófobos.
Hoy también podemos afirmar con toda seguridad que tampoco lo están los nacionalistas “moderados” de Convergencia i Unió (CiU), pasados y futuros socios del PSOE y del PP en Las Cortes. Y es que hace unos días (El Pais, 26 octubre 2007) sorprendía a la concurrencia con las declaraciones de su nuevo y flamante portavoz, el Sr. Oriol Pujol, hijo del ex-President de la Generalitat Jordi Pujol, que apuntaba que en algún rincón más o menos escondido del cerebro de todo nacionalista “hay alguna neurona que retiene la opción independentista”. Ya lo había anticipado el propio Secretario General de CiU, Sr. Mas, en 2005, solo unas horas después de la famosa escena en el diván del Palacio de la Moncloa que permitió desencallar la tramitación del Estatut en las Cortes: el Estatut que queremos no es el que se va a aprobar en Madrid, sino el que aprobó el Parlament de Cataluña el 30 de septiembre de 2005.
Poco ha durado la tímida y desvaída advertencia dirigida por el Sr. Montilla a los nacionalistas. Ayer mismo, víctima acaso del síndrome de la Generalitat y de la continuada cohabitación con políticos de Esquerra, viró el President su discurso 180 grados en Madrid y dirigió un serio aviso al resto de los españoles, culpabilizándoles de “la desafección emocional de Cataluña hacia España y las instituciones comunes.” Pero, ¿qué han hecho el resto de los españoles, Sr. Montilla, que viven fuera de ese triángulo mágico en el que Vd. ejerce de President? ¿Han dejado de querer a sus parientes que viven en Cataluña? ¿Acaso no pagan sus impuestos como los demás? ¿Tienen tal vez mejores hospitales, escuelas y universidades? ¿No compran cantidades ingentes de productos que se producen en Cataluña? ¿No vienen a Cataluña a veranear en masa? ¿No son propietarios muchos de ellos de viviendas y de su correspondiente pedacito de suelo “catalán”? ¿Los ha visto Vd. en algún pueblo de Andalucía, Cantabria o Castilla la Mancha salir enfebrecidos a quemar banderas catalanas o la inefable imagen de su honorabilísima persona?
Resulta incomprensible, si no vergonzoso, que el Presidente de una Comunidad Autónoma, una institución de España –¡algún Zespañol debiera recordárselo al Sr. Montilla!-, tenga la desfachatez de ponerse a la altura de Mohamed VI y culpabilizar a España de la desafección de Cataluña, cuando es en Cataluña donde se ha implantado a golpe de Estatuto, leyes y reglamentos la cultura del rechazo oficial a todo lo español, comenzando por el veto a emplear el castellano, idioma oficial en Cataluña, como vehículo para transmitir el conocimiento en la enseñanza primaria y básica. ¿Cómo puede hablar de desafección cuando sus socios de gobierno de ERC financian las quemas de banderas y otros símbolos constitucionales como la imagen de los Reyes? O, ¿habrá que recordar al Sr. Montilla que en la pasada diada castellera de San Félix presidió la exhibición desde un balcón en el que, además de no ondear la bandera española, estaban prendidas en la falda que lo adornaba dos banderas independentistas? Lo extraño es que el resto de los españoles hayan sido tan pacientes hasta ahora con las continuas provocaciones, desafíos y exigencias de los nacionalistas catalanes en cuyo seno se siente cada vez más cómodo el Sr. Montilla. Y si no que se lo pregunten a la Ministra Magdalena Álvarez que escuchó con una forzada sonrisa semejantes sandeces sin levantarse de la silla.
Por último, quisiera subrayar lo impropio que resulta ver a un afiliado de un partido socialista en el siglo XXI utilizar el mismo lenguaje mezquino de los nacionalistas, ya se sabe obsesionados por ahondar las diferencias entre los ciudadanos, creando divisiones tribales en base a las caprichosas fronteras trazadas por la historia e inventando afectos y desafectos como si surgieran espontáneamente de la tierra. Vale la pena llegados a este punto recordar algunas ideas del gran Bertrand Russell acerca del sentimiento nacional y la perversión moral a que lleva su práctica escritas hace ahora 90 años:
- “No hay nada racional, ni deseable en limitar la simpatía y confinarla a un grupo de la raza humana … pues en el sentimiento nacional hay siempre en forma latente o explícita, un elemento de hostilidad hacia el extraño … sentimientos tribales [que] producen un tipo de moral limitada y frecuentemente dañina. Los hombres llegan a identificar el bien con lo que sirve los intereses de su propio grupo, y el mal con lo que va en contra de sus intereses, incluso cuando pudiera favorecer a la humanidad en su conjunto.”
(Political Ideals, 1917)
En otras palabras, Sr. Montilla, el nacionalismo resulta incompatible con el auténtico socialismo, aunque a algunos “socialistas catalanes” cultivarlo les haya permitido alcanzar fama y fortuna como su propio caso fehacientemente prueba.
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| Por Clemente Polo |

