26 octubre 2007

Ser historiador es un asunto muy serio, tan serio como ser buen periodista. Como ocurre con cualquier científico social, buen historiador es aquel que puede exhibir en su currículo un número razonable de aportaciones publicadas en revistas científicas sujetas a evaluación anónima y en libros editados por colegas prestigiosos en editoriales de calidad contrastada. Y buen periodista, es el profesional concienzudo que somete a un riguroso escrutinio sus fuentes para componer un relato preciso y bien estructurado sobre cualquier acontecimiento consuetudinario de interés público. Dos difíciles y encomiables profesiones que, naturalmente, no tienen por qué ir de la mano.
Por eso llama la atención el caso singular de un periodista que firma todas sus piezas en la sección de Cataluña del diario El País resaltando su otra condición: “Joan B. Culla i Clará es historiador”, reza invariablemente la rúbrica. Tal vez su intención al proceder de esta manera sea entremezclar interesadamente sus dos profesiones conocidas -Profesor Titular de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y colaborador habitual del diario mencionado-, quién sabe si con la intención de que a la hora de valorar sus artículos periodísticos tengamos en cuenta los lectores su más elevada condición de historiador. Sea como fuere, lo cierto es que el autor resalta esa cualidad suya de historiador –no, obsérvese, la de Profesor de Historia- incluso cuando nada hay en muchas de sus colaboraciones periodísticas que merezca recordarle al lector esa circunstancia.
A modo de ejemplo, centraré mis comentarios en uno de sus artículos más recientes publicado el 19 de octubre en El País y titulado “Falsos Dreyfus, falsos Zola”. Hay, es verdad, en el texto algunas alusiones a asuntos (affaire Dreyfus) o personajes (Zola) históricos, pero su presencia resulta puramente circunstancial, meros adornos del texto distribuidos por aquí y por allá, quién sabe si con el fin de distraer o impresionar al lector con una superficial exhibición de cultura. Una vez descartadas esas alegorías carentes de cualquier carácter probatorio, se encuentra el lector frente un texto que hilvana un discurso cargado de desprecio hacia los protagonistas de algunos hechos acaecidos en Cataluña que el autor en lugar de presentar con objetividad distorsiona intencionadamente. ¿Se imaginan Vds. qué clase de historia puede surgir de esta pluma? Pues sí, una historia prefabricada en la que los hechos son una mera excusa para destilar la propia ideología.
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Y es que la finalidad del artículo no es esclarecer unos hechos y contraponer unos puntos de vista contra otros, como haría todo buen periodista, sino sencillamente desacreditar a aquellos ciudadanos que han manifestado públicamente su insatisfacción ante dos cuestiones que afectan directamente su vida: el modelo educativo de inmersión lingüística que ha eliminado el castellano como lengua de transmisión del conocimiento en la enseñanza básica, primaria y media en Cataluña y la actitud del Gobierno de la Generalitat y de los Ayuntamientos empecinados en que la lengua castellano no se utilice en dichas instituciones, ni en las entidades, empresas y asociaciones que reciben subvenciones de los presupuestos públicos, impidiéndose incluso que un comerciante pueda rotular su negocio en castellano. Mal se compadece la vitola de historiador en la que se envuelve el Sr. Culla con la manera en que utiliza la tribuna pública que le presta su diario, no para contrastar argumentos y rebatir desde el respeto a quiénes sostienen posiciones que él no comparte, sino para burlarse de ellos y tildarlos de locos, pedir su internamiento y poner en duda su integridad intelectual, insinuación por cierto, que tal vez debiera aplicársela a sí mismo.
Y es que en lugar de explicarnos las razones por las que un padre que paga con sus impuestos la escuela pública en Cataluña no tiene derecho a reclamar que sus hijos sean escolarizados en castellano, un idioma tan oficial como el catalán en Cataluña según la Constitución vigente, el Sr. Culla opta por mofarse públicamente de él y su familia, presentándolos a los lectores del diario como “la chusca historia de un padre que figuraba hacer huelga de hambre … para que su vástago fuese escolarizado íntegramente en castellano.” De locos y enfermos que padecen síndrome persecutorio califica a todos aquellos ciudadanos que han levantado su voz para condenar el caso de una escritora uruguaya que fue despedida hace unas semanas de una tertulia de Radio Catalunya por utilizar habitualmente el castellano para expresarse. Más trastornados incluso y hasta merecedores de tratamiento clínico juzga a quiénes se manifestaron en contra de la “coacción nacionalista” en Barcelona el pasado 7 de octubre, coacción a todas luces inexistente pues, como muy sagazmente subraya el autor, no hay todavía en Cataluña “patrullas por las calles que obligan a los viandantes a cantar Els Segadors, a besar … la senyera, a recitar de memoria el programa de Ezquerra Republicana.” Y para concluir su brillante diatriba contra quiénes no comparten su ideología nacionalista, el Sr. Culla dispone su artillería contra los “intelectuales, verdaderos o no tanto, disponibles para erigirse en émulos del autor de J’accuse…y adquirir fama y fortuna merced a la denuncia de la imaginaria persecución lingüística en Cataluña.”
Burlarse de los ciudadanos que manifiestan y denuncian que algunos de sus derechos fundamentales no se respetan en Cataluña, satirizar a quiénes con hechos probados desvelan que desde la Generlitat y los municipios se dificulta y hasta proscribe el uso del castellano dentro de su ámbito de actuación, y sembrar dudas sobre la integridad de los intelectuales que no comparten las tesis del irredento nacionalismo catalán sin aportar ninguna evidencia al respecto, demuestra no solo la falta de profesionalidad del Sr. Culla en el ejercicio del periodismo, sino algo bastante más grave: su falta de integridad moral. No puedo, llegado a este punto, evitar preguntarme: ¿a qué clase de historiadores “verdaderos o no tanto”, pertenecerá el Sr. Culla? No es el propósito de esta nota hacer una valoración de las aportaciones del autor a la historia contemporánea de Cataluña, pero si el Sr. Culla se atreve a poner en duda la integridad de los intelectuales que denuncian la persecución lingüística en Cataluña, negando la mayor, no encuentro razón para ocultar lo que en su caso es una certeza: que es él quién ha hecho “fama y fortuna” oficiando los viernes desde su pulpito mediático como mamporrero de los ciudadanos que no compartimos el programa de nacionalización de Cataluña que la Generalitat impulsa desde 1980.
Clemente polo



