Clemente Polo
20 febrero 2008 
Hace unos días (El País, 5 de febrero 2008) se publicaba una noticia con el siguiente llamativo titular: “Maragall pide el voto en blanco el 9-M.” En cuanto a la causa del inusual llamamiento del hasta hace poco líder del PSC, el redactor apuntaba al “desencanto que le produce que ninguna fuerza política aborde “temas importantes” de Cataluña.” El artículo de 23 líneas a una columna terminaba constatando el respeto de “los partidos catalanes” a la posición del líder del Partit Català d’ Europa, aunque lógicamente no podían compartirla.
La medida reacción del “resto” de partidos catalanistas ante la salida de tono del Sr. Maragall, cabe entenderla en clave de respeto institucional hacia el ilustre apellido y a los importantes cargos que ha desempeñado en Cataluña desde 1982. En realidad, el PSC habrá sentido incluso alivio al constatar que el Sr. Maragall hace, ¡por fin!, mutis por el foro, y ni concurre a las elecciones con su propio partido, ni pide el voto para alguno de los partidos nacionalistas (CiU y ERC) con cuyos líderes compartió protagonismo en la manifestación del pasado 1 de diciembre, convocada para reclamar la gestión catalana de las infraestructuras y, ya de paso, la independencia de Cataluña. Por otra parte, los partidos nacionalistas tampoco tienen nada que ganar ensañándose con quién ya es un cadáver político y cuya notoria desafección hacia la actual dirección del PSC les beneficia claramente.
A quiénes siempre hemos considerado al Sr. Maragall un líder político escasamente articulado, torpe en su expresión y falto de proyectos serios que ofrecer a los catalanes, españoles y europeos, su última ocurrencia de pedir el voto en blanco no nos ha sorprendido, pues encaja perfectamente con su peculiar idiosincrasia que bien podría calificarse como imprevisibilidad azarosa. Así discurrieron sus tres años al frente de la Presidencia de la Generalitat, una suerte de ruleta rusa salpicada por continuos y gravísimos incidentes que pusieron de manifiesto casi desde el primer día su incapacidad para articular un gobierno cohesionado, eficaz, responsable y progresista al servicio de los ciudadanos.
No es mi objetivo extenderme en este punto, así que me limitaré a recordar algunos de los incidentes más notorios de este período de despropósitos y desgobierno en Cataluña: la entrevista secreta del Conseller en Cap de su Gobierno con la banda terrorista ETA; la coronación de espinas del inefable Josep Lluís en Jerusalén; el hundimiento del túnel del Carmel; la denuncia del Sr. Maragall en el mismísimo Parlament de las extorsiones económicas practicadas por los Gobiernos de CiU; y, en fin, las extorsiones practicadas por un alto funcionario de su Gobierno, el Sr. Xavier Vendrell, que se sentía legitimado para reclamar una parte del sueldo de los funcionarios para financiar a su partido, ERC.
Y es que lejos de concentrar la energía del gobierno tripartito en desarrollar políticas para mejorar los servicios sociales y las infraestructuras de Cataluña, como cabía esperar de un gobierno presidido por un socialista, y en consensuar con las principales fuerzas políticas españolas un nuevo Estatuto dentro del marco de la Constitución de 1978, como cabía esperar de un partido leal con la Constitución española, el gobierno tripartito presidido por el Sr. Maragall hizo casi buenos a los gobiernos de CiU, al dedicar las escasas energías salvadas de las continuas trifulcas internas en elaborar un Proyecto de Estatuto de Cataluña que satisfacía plenamente tanto a los nacionalistas independentistas con los que gobernaba, ERC, como a los nacionalistas que estaban en la oposición, CiU, pero que resultaba imposible de aceptar por su notoria inconstitucionalidad en las Cortes de España, incluso hasta para el PSOE del Sr. Zapatero.
El legado de los tres años de gobierno del Sr. Maragall ha sido nefasto para Cataluña, para el resto de CCAA y, sobre todo, para el conjunto, para España. Para empezar el Proyecto, una vez enmendado y remendando, fue finalmente aprobado en el Congreso por una exigua mayoría de 189 diputados -el 54 por ciento de los miembros de la Cámara-, un apoyo muy insuficiente para un texto legal que forma parte del denominado bloque constitucional. Por otra parte, ni el hecho de que el propio President Maragall se tomara el asunto como un reto personal, ni la impresionante campaña de publicidad desplegada por la Generalitat y los principales partidos catalanes (PSC y CiU) para movilizar a los votantes, lograron siquiera que uno de cada dos ciudadanos se molestara en acudir a las urnas para ratificar en referéndum el texto aprobado en las Cortes. En el resto de España, la aprobación de un Estatuto de máximos en el Parlament catalán disparó todas las alarmas y varias CCAA (Valencia, Andalucía, Aragón, Baleares, etc.) se aprestaron a modificar sus Estatutos para no perder terreno y situarse a la par con Cataluña, tanto en materia de competencias propias como de recursos. El resultado, no me cabe ninguna duda, de los nuevos Estatutos aprobados es que van a sumir a España en un sinfín de conflictos institucionales y jurisdiccionales entre las CCAA, y entre éstas y la Administración Central.
El decisivo impulso y apoyo prestado por el Sr. Maragall a la elaboración del Proyecto de Estatut de Catalunya, un texto redactado teniendo únicamente en cuenta los intereses de los ciudadanos de un territorio, constituye una de las irresponsabilidades políticas más graves que han ocurrido desde el restablecimiento de la democracia en España, pues lejos de ayudar a consolidar la España de las autonomías y perfeccionar el encaje de Cataluña en España, lo que el Sr. Maragall ha conseguido en un tiempo record es romper los consensos básicos entre los partidos mayoritarios en esta materia, avivar la confrontación entre los ciudadanos españoles y acentuar la deriva independentista de los partidos políticos catalanes que, antes siquiera de que entrara en vigor el texto aprobado en las Cortes, ya lo consideraban insuficiente y caduco.
Cerraré esta nota sobre el legado político del Sr. Maragall, con un comentario sobre uno de sus más notables aportaciones: el Partit Català d’Europa. Poco se sabe acerca de este partido, inscrito en el Registro de Partidos Políticos en 1998, más allá de la intención expresada hace unos días, por quién supongo sigue siendo su Presidente, de que el propósito de la iniciativa era poner en marcha “un partido europeo parecido al Partido Demócrata americano.” Sorprendente declaración, como casi todas las suyas, habida cuenta de que en la denominación del partido del Sr. Maragall no figura la palabra demócrata, ni en la denominación del Partido Demócrata estadounidense hay referencias locales, a lo californiano o virginiano. Se trata en realidad de un ejercicio más de solipsismo cultural, a los que tan acostumbrados nos tienen los nacionalistas y sus instituciones “propias”, siempre prestos a establecer fraternales lazos con Flandes, Galicia, Montreal, El País Vasco, Bosnia, Eslovenia, …, e incluso, en este caso, con la inasible Europa, al mismo tiempo que arrojan al limbo la realidad más cercana, por historia y cultura: Aragón, Castilla, Andalucía, etc., y, ese espectro monstruoso que demonizan en sus cónclaves: España.
El nombre del partido político del Sr. Maragall me ha traído a la memoria otra brillante iniciativa nacionalista, cultural en este caso. Corría el año 1987 y el Gobierno de El País Vasco organizó nada más y nada menos que el II Congreso Mundial Vasco, una contradicción en sus propios términos. El propósito del Congreso no era como el nombre podía sugerir una melancólica reunión de personas originarias de El País Vasco pero dispersas por el mundo, sino presentar una ambiciosa panorámica del estado del conocimiento contando con la presencia de prestigiosos científicos y creadores provenientes de todo el mundo. Pues bien estaba desayunando una mañana con un prestigioso economista estadounidense en el lujoso hotel donde estábamos alojados los participantes en un seminario sobre modelos de equilibrio general, cuando de repente mi interlocutor me preguntó: ¿se puede saber por qué nos han traído hasta aquí cuando las únicas personas que asistimos a las conferencias somos los ponentes, casi todos estadounidenses? ¿Por qué se gasta el gobierno vasco todo este dinero? Como mi interlocutor nada sabía de las ansias de notoriedad de los gobernantes de El País Vasco, me limité a responderle que yo tampoco lo entendía, aunque me hubiera gustado contestarle: aquí, ande o no ande, el burro bien grande.

Un buen análisis de un buen analista
Desde luego que no hay que ensañarse con un "cadaver político"; ¿para qué?
Lo del País Vasco, incluso, podría tomarse a broma, pero, aún causa muertes.
En fin, otro buen análisis de "nuestro" Clemente Polo.
Espero verte pronto... junto a los progesistas.
Salud.